viernes, 28 de mayo de 2010

Vuelo nocturno

Llego a casa cerca de las nueve, tras una intensa tarde de Extreme Shopping (Yoku dixit) Después de dar el parte de novedades a mi santa, besuqueos a las niñas, y tal, me percato de que hoy toca correr. Me debato entre salir a cubrir el expediente con una faena de aliño (una horita de trote suave), o hacer algo más. Me viene un mal pensamiento (no es la primera vez que me visita): aprovechar la tardía hora para hacerme unos cortados nocturnos con el frontal. Mi cuerpo protesta, porque se huele que al final voy a hacer el cafre (soy un ansia viva), y efectivamente a las 21:21 estoy en la calle con las Trabucco, llevando un cinturón con bidón y el Ojo de Mordor acoplado a él. Todavía hay luz diurna (el sol se pone a las 21:35), de momento troto tranquilamente hacia el pueblo por las calles de Rivas. Cuatro kilómetros después, el pueblo se me ha acabado. Comienzo el primer tramo de los Cortados, cuesta arriba, las sombras van poco a poco robando su luz al día, pero se ve lo suficiente como para correr sin tropiezos. A mi derecha, hacia Cuenca, resplandores de lejanos relámpagos iluminan nubes negrísimas. Frente a mí, hacia Alcalá, ídem de ídem. A la izquierda, también hay un resplandor, el de Madrid, y elevándose sobre la luz de la ciudad se destacan cuatro negras siluetas. Las torres de Mordor, guardianas de la puerta que me llevará hacia las Montañas del Destino, que apenas se intuyen bajo nubes aún sonrojadas por la última mirada del Sol.

Cuando llego a lo alto de los Cortados son las 22:06. Ya está bastante oscuro, el camino empieza a vislumbrarse más que verse, así que me paro, echo un buchito de agua, y me coloco El Ojo. Ajusto la anchura del haz luminoso, su intensidad, y a correr. Al principio con muchas precauciones, aunque pronto me acostumbro a centrar mis ojos en el círculo luminoso que me precede e ilumina el camino. A los lados, la luz hace que las plantas proyecten sombras fantásticas. Frente a mí, cada dos por tres unos ojos relucen con fosforescencia siniestra, pero al acercarme veo que los portadores de tan inquietantes ojos no son diabólicas criaturas de la noche, sino conejos, ratones, murciélagos y pequeñas rapaces nocturnas. Y es que la noche bulle de vida. Además de los mencionados, cruzan frente a mi miríadas de pequeños insectos: mariposillas, mosquitos, luciérnagas… en el suelo, el haz luminoso alumbra de tanto en cuanto autopistas de hacendosas hormigas, y alrededor mío, la noche me devuelve mil y un sonidos de animalillos ocultándose en la maleza. Pienso que me alegro de que, ahora mismo, el animal más peligroso que pulula en la soledad de esta noche sea yo; la presencia de algún tigre de dientes de sable u otro superdepredador de tiempos pretéritos le añadiría un puntito de emoción a esta salida nocturna, pero por hoy me basta con no esmorrarme contra el suelo. Y es que, distraído en la contemplación de la fauna de la noche, he pegado un tropezón en una piedra que a poco termina con mis huesos en tierra. No hay que perder la concentración un solo instante, pero es difícil no sucumbir al inquietante encanto de las sombras. Ruidos de pisadas que parecen seguir las mías me hacen volver la cabeza, sin ver más que el solitario camino que he dejado atrás, mientras por encima las desgarradas nubes apenas dejan entrever el resplandor de la luna. Frente a mí, conejillos de ojos iridiscentes brincan a esconderse, mientras contra el cristal de mis gafas, atraídos por la luz, chocan pequeños insectos. Me alegro de haber traído las gafas de correr con los cristales blancos, en esta época del año lo hago siempre para preservar mis ojos en la medida de lo posible del polen, pero hoy se me revelan imprescindibles para evitar visitas no deseadas a mis globos oculares. Dejo atrás la zona más abierta de los cortados, batida por un suave viento nocturno, y me adentro en el pinar. La noche es cada vez más cerrada y la oscuridad más intensa, pero el Ojo ilumina con fuerza. A veces giro la cabeza hacia los pinos de los lados; el haz de luz ilumina las primeras filas de árboles, pero poco más allá sólo impera la negra oscuridad del bosque, apenas arañada por mi luminosa presencia. Un mosquito especialmente pertinaz juguetea en mi nariz, paso la mano frente a mi cara para espantarlo y el reflejo de la luz en mi blanca y lechosa mano me deslumbra momentáneamente; impresiona la intensidad del poder del Ojo.

Finalmente, tras un repecho, veo las primeras casas que marcan el fin de los Cortados. Una sensación agridulce me embarga: por un lado me alegro de llegar, ya que la hora empieza a ser muy avanzada, pero por otra lamento que termine esta mágica cabalgada nocturna, intruso por una vez en el Reino de la Noche. Ya no hay remedio. Mis pasos me llevan a la primera zona iluminada por las farolas. Apago el frontal, bebo agua, respiro con fuerza, y troto feliz hacia mi casa. Han sido 90’ de carrera, cuarenta de ellos con el Ojo, que guardaré en el recuerdo como uno de esos entrenos “especiales” que nos salen de cuando en cuando, sin buscarlo, sin planearlo. E inevitablemente, mi mente vuela a la noche del 3 al 4 de julio. Antes de entrar en casa, miro hacia el Oeste; allá lejos las montañas, mudos gigantes de piedra, esperan.

martes, 27 de abril de 2010

Momentos



Qué os puedo contar de mi tercera Maratón… que he vuelto a disfrutar, a sufrir, a emocionarme, a reír, a luchar, a rendirme, a apretar los dientes, a sentir esa mezcla de sensaciones, cuando uno cruza “esa” línea de meta, que no se parece a nada. Y como no voy a sufrir yo solo, tendréis que leer mi cronicón hasta el final. Tomaos un café, id al baño, y poneos cómodos. Una mañana de domingo da para mucho, cuando uno hace tonterías como correr una Maratón; así que os contaré como fueron esos momentos.

Suena el despertador a las 6 de la mañana, y salto de la cama. ¡Por fin! Ha terminado la espera, el día y la hora han llegado. Me desayuno zumo, unas tostadas de pan con buen aceite de oliva, café con leche y un plátano. Me asomo al balcón de casa. El alba ya clarea, apenas se ven unos tímidos jirones de nubes que pronto desaparecerán, y la temperatura es casi agradable a esta hora. “Esto quiere decir que en unas horas, nos vamos a achicharrar” me digo. Puerca suerte, después de un invierno lleno de frío, lluvia, viento y nieve, el primer día de calor del año no ha querido faltar a su cita con el MAPOMA. Qué le vamos a hacer. Me visto cuidadosamente, repasando cada detalle. Esparadrapo en los pezones, vaselina en los pies, calcetines sin arrugas, camiseta, dorsal, chip, zapatillas bien atadas, ni muy flojas ni muy prietas… ¿lo llevo todo? ¿me falta algo? Repaso mentalmente la lista una y mil veces (soy un poco pesadito), está todo... ¿y el viejo reloj de mi padre? Lo llevé en mis dos anteriores maratones en memoria suya. Ayer lo tuve en la mano, parado, sin pila, cubierto de polvo, el tiempo no perdona ni a los relojes. Decidí dejarlo. Pero hoy, a última hora, corro a la habitación donde Belén aún duerme, palpo a oscuras el interior del armario y lo cojo. Si es que uno es un sentimental. Me falta algo más; me acerco al cálido cuerpo de mi mujer dormida, y la contemplo unos instantes en la penumbra del dormitorio, escuchando el leve sonido de su respiración, aspirando su aroma, para llevarme eso conmigo. La beso con suavidad y emoción, cuando vuelva a verla habrán pasado muchas horas, y muchos kilómetros. Ella me devuelve el beso medio dormida, y me regala su acostumbrado “ten cuidado”, hoy teñido de la inquietud especial que siempre le provoca esta barbaridad llamada Maratón. Pero pienso que merece la pena vivir esta emoción y sentir este momento.

Salgo a la calle, donde mi vecino Nacho (Silvestre) me recoge poco después, él no puede correr esta carrera pero no quiere faltar a la cita . Se nos une Juan (Uros), 59 años le contemplan, a última hora se ha hecho con un dorsal y estará en la salida. No sabe si bailará con “la maratona”, como él la llama, hasta el final, o se conformará con echar un bailecito y bajarse en el kilómetro 32. Hablamos del tiempo, cómo no, no como socorrido recurso para iniciar una conversación, sino con la genuina preocupación de que, con la temperatura que hace ya, a las 7:30, hay que replantearse la carrera. Es la maldición de esta maratón. Uno entrena durante los largos y duros meses de invierno buscando una determinada marca, afinando un determinado ritmo, para que al llegar el día todo se vaya al traste y haya que olvidarse de lo entrenado y buscar un ritmo de pura y simple supervivencia. Con estos y otros alegres pensamientos llegamos a Madrid. En la esquina de la Biblioteca Nacional está fijado el punto de encuentro. Pronto empiezan a aparecer “paquetes” por todos lados, nervios y alegría a partes iguales. Abrazos, risas, charlas, fotos, y mucha preocupación por el calor… merece la pena estar aquí y compartir este momento.


La paquetería en la Biblioteca Nacional. Foto cortesía de Equis.

Y por fin, se acerca la “hora H”. Nos ponemos en la salida junto con los corredores del 10k, se da la salida y… ¡a correr! Bueno, a andar más bien. Hay un cierto tapón, y tardamos un rato en pasar por la alfombrilla de salida. No puedo evitar emocionarme al pensar que inicio por tercera vez esta aventura, que no sé cómo acabará. Los primeros kilómetros los hacemos muy tranquilos, formando un buen grupo. El cartagenero Jose Luis, Aspen, Jesús (Zerolito), Javi (Locomotoro), Iván (Cabesc), AngelTrotón, Guille y el que os escribe formamos un grupo bien avenido. Subimos muy tranquilos por la Castellana, a ritmos sobre 5:30. Sobre el 4, se separan las dos carreras, la de 10 y la Maratón. Buenos deseos por parte de los diezmileros, seguro que acompañado de algún rechinar de dientes de envidia. En media hora ellos habrán terminado, pero nosotros tenemos por delante una enormidad. Seguimos subiendo y bajando, si Roma está edificada sobre siete colinas, Madrid debe estar sobre setenta, porque no parece haber un solo trozo llano en esta ciudad. Llegamos al 10, algo menos de 55 minutos, vamos muy tranquilos, y a pesar de todo ya sudo como un pollo, madre mía, y no son las 10 de la mañana. Jose Luis se va por delante, me voy con él un rato, pero veo que el ritmo no es el mío y me voy dejando caer hacia atrás. Cuando cruzo sobre la Castellana hacia la subida de Raimundo Fernández Villaverde, el sol cae ya a plomo. Pero aún voy contento, feliz, haciendo lo que me gusta y con la esperanza de que, esta vez, el garrotazo de la maratón no caiga sobre mi lomo. Iluso. Me reintegro al grupeto, pasamos por la casa de Guille, aquí todos los años atruena la música de “Carros de Fuego”. Esta vez, un problema técnico da al traste con la música, pero no con la ilusión de una familia (olé por ellos) que se vuelca año tras año con la carrera, y que se pasaron el sábado friendo ¡cientos de rosquillas! para ofrecérnoslas a los corredores. Veo los balcones engalanados con un montón de camisetas de carreras populares, me emociono otro poquito (soy de lágrima fácil) y me digo que estoy contento de estar aquí y vivir este momento.

Llegamos a la Gran Vía (km. 17), un montón de público aquí nos jalea y anima, el subidón de moral es impresionante. Paloma (una futura maratoniana aunque ella se empeñe en negarlo) se nos une aquí con intención de ir hasta el final. Trae energías renovadas, y entre saludos y charlas, y que este tramo es el mejor de la carrera, los kilómetros pasan sin sentir. Gran Vía, Preciados, Sol, calle Mayor, Bailén, Palacio Real… el gentío es tremendo, cada uno grita y anima como puede, agitan banderas, exhiben pancartas, te sonríen, te aplauden, los niños chocan tus manos. Nos llaman de todo: héroes, campeones… Nosotros sabemos que nunca seremos campeones de nada, y que hay poco de heroico y mucho de cabezonería en lo que estamos haciendo, pero para que negarlo, nos gustan los ánimos de la gente, te llevan en volandas hacia la media Maratón, y me digo que me alegro de estar aquí y disfrutar de este momento.



Puerta del Sol. Ay, el Sol...


Media Maratón, sobre 1:55. Mucho más lento de lo que había planeado/soñado, pero el día invita a ser prudente. Bebo en todos los puestos, tomo algún gel y algún dátil, y aunque voy notando el cansancio, creo que voy bien. Bajamos por el parque del Oeste hacia la casa de Campo, tantas veces recorrida durante este invierno haciendo tapias y bosques, bajo el frío y la lluvia a veces, y hoy bañados por un sol inmisericorde que nos machaca sin piedad. Ya son 25 kilómetros los que castigan las piernas. Y aún queda mucho. Locomotoro parece que cede un poco. No le importa, él va a lo suyo, a mantener su ritmo. Yo continúo con Zero, Paloma y Cabesc. Pero según nos internamos en la Casa de Campo, noto que me cuesta mantenerme a su estela. Además desde hace unos kilómetros tengo el cuello agarrotado, con un dolor que me baja por los hombros. Miro el pulsómetro, y veo una barbaridad como 181 pulsaciones. Y estamos en el 28 aún. No puedo pasarme 14 kilómetros con el corazón (que no las piernas) al límite. Y menos con la que está cayendo. Así que me dejo caer. Bajo el ritmo, buscando recuperar el pulso, y veo como mis compañeros se marchan metro a metro. Bueno, Jorge. Estás solo. Esto podía suceder, hay que usar la cabeza a partir de aquí, y superar este momento.

Me acerco al 30, el pulso ha bajado algo, pero de golpe me noto muy cansado. Terriblemente cansado. “Sólo quedan 12”, intento animarme. Pero tengo una necesidad fisiológica “urgente” desde hace unos kilómetros, así que al ver un camión parado en la cuneta, me meto detrás a hacer mis cositas, y aprovecho para comer un gel y beber agua de la botella que llevo. Y al incorporarme a la carrera, lo hago andando. Son dos, trescientos metros, que me sirven para recuperar un poco de pulso y de sensaciones. La maratón me está zurrando de lo lindo, pero ya sé lo que es esto. Seguir adelante, un pie delante de otro, apretando los dientes, tratando de no escuchar a tu cuerpo que (cree que) ha llegado al límite. El límite está más lejos. En el kilómetro 42. Así que me obligo a arrancar de nuevo. Es un trotecillo lento, que no podría calificarse ni de trán-trán, pero corro. Y parece que no me encuentro tan mal. Locomotoro me alcanza, se ha regulado mejor que yo, y aunque me invita a acompañarle, no puedo seguirle. Me es imposible. Si intento llevar su ritmo, el pulso se me dispara y empiezo a encontrarme fatal. Así que vuelvo a bajar el pistón, y le veo marchar hacia la salida de la Casa de Campo. Otra vez solo, llegando al Lago y a la salida de la Casa de Campo, cuantas veces nuestros entrenamientos han terminado aquí; añoro esos momentos.

Quedan diez kilómetros hasta la meta. Diez kilómetros que parecen un abismo. Me olvido del 42, porque en mi cabeza está un objetivo muy personal. Llegar al 35. En ese kilómetro cumpliré nada menos que 1.000 kilómetros con un dorsal en el pecho, acumulados a lo largo de 62 carreras. No puedo pasar el 35 andando, derrotado, hecho una piltrafa. Tengo que pasarlo corriendo, o al menos haciendo algo parecido a correr. Así que sigo adelante, subo la cuesta de la Puerta del Angel, bajo por la Avenida de Portugal, recorro el Paseo de la Ermita del Santo… corriendo despacito, pero corriendo. Sudo la gota gorda, me sigue doliendo el cuello, y noto como en mis pies se debe estar produciendo una carnicería, pero eso ya lo veré cuando llegue. Porque voy a llegar, de eso no me cabe duda. Cruzo el aprendiz de río frente al estadio Calderón, bajo a la Avenida de la Virgen del puerto, suena a todo trapo el himno del Atlético de Madrid (curiosa banda sonora para un doliente madridista), y por fin paso por el 35, en 3:16:33. Me vienen a la cabeza mil momentos de carreras, de salidas, de líneas de meta, de dolores y alegrías, de esos mil kilómetros que me han llevado hasta aquí. Y me siento orgulloso y feliz de vivir este momento.

Pero me paro. Nada más pasar el 35, me paro. Estoy muy cansado, triturado por la distancia y el calor. Hago cuentas, tengo 43 minutos para hacer 7 kilómetros (los más duros) y bajaré de 4 horas. Qué fácil parece; pero se me antoja un esfuerzo descomunal, y peligroso con el calor que hace y el que siento en mi más que recalentada estructura, para un premio tan escaso y alejado del objetivo que perseguía. Miro a mi alrededor, y veo caras descompuestas, corredores que siguen adelante por pura tenacidad, otros caminan, todos sufren. Veo a los sanitarios atendiendo a un corredor tapado por una manta. No es el primero que ha caído. Miro su rostro agotado, su aspecto derrotado, y me veo a mí mismo. Y decido que por hoy esta bien de pelear. Me rindo. Decido olvidarme del reloj y hacer los últimos kilómetros regulando, a ratos andando, a ratos trotando, intentando minimizar los daños y llegar a meta. Y me pregunto qué coño hago yo aquí, y maldigo este momento.

Bajo el brillo cegador del Sol, paso mi hora más oscura de la Maratón. Pero hay que seguir adelante, siempre adelante. Solo quiero llegar a donde me espera mi familia. El kilómetro 40. Pienso en mi mujer y mis hijas, estarán esperando ver pasar a un atleta, y sólo voy a ofrecerles un dolorido pingajo. Cagontodoloquesemenea. Arranco a correr otra vez, las piernas se niegan, los pies me mortifican, pero enfilo el Paseo Imperial trotando. Lento. Un fantasma de corredor entre miles de fantasmas. Arriba, el ciego sol. Abajo, kilómetros de asfalto húmedo de sudor. A los lados, un público a ratos festivo, a ratos animoso, a ratos conmovido, que se pregunta qué puede impulsarnos a hacer algo así. El corazón tiene razones que la razón no conoce. Pero, aún dolorido y derrotado, me siento orgulloso de pertenecer a esta casta de locos que se atreven a correr una Maratón, de estar aquí, de formar parte de este momento.

El Paseo de las Acacias (km. 38) me ofrece la oportunidad de esbozar una sonrisa. Hay mucha gente que pone la música de sus coches a todo volumen, buscando animarnos de alguna manera. Se agradece. Pero cuando el desfile de muertos vivientes, que me arrastra hacia delante por la amplia avenida bajo un sol de plomo, pasa al lado de un coche, empiezan a sonar inconfundibles AC/DC y su Highway to Hell… Nunca una música ha sido más apropiada, y no sé hasta que punto esto nos anima, pero no puedo por menos que reírme. Como lo haré muchas veces, escuchando los comentarios de muchos corredores que hacen del ingenio y el humor la mejor arma para luchar contra la maratón. Así llego por fin a Atocha, ya es el 39, me paro a caminar un rato, porque dentro de poco llegaré donde están mis chicas, y tengo que ofrecerles algo digno de ver. Unos metros delante de mí veo a Iván, otra víctima del día de hoy, que camina buscando llegar, como todos. Mientras le saludo, aparece Miguel (Equis), nos tira unas fotos, nos anima, nos azuza “¡venga a correr hasta el final, cojones!” En él personifico un GRACIAS enorme a todos los que estuvieron ahí, echándonos una mano en ese momento.




¿Rabia o búsqueda de un aire que falta? (Foto cortesía de Equis)


Y llega Alfonso XII, lo que otros días no sería más que una cuesta como tantas otras, ahora es un muro, un obstáculo inhumano, que solo unas mentes enfermas han podido colocar en el kilómetro 40 de una Maratón. Pero este organismo vivo formado por miles de maratonianos no se detiene. Se enrosca sobre si mismo, se retuerce, gime y aúlla, pero sube la cuesta. Y yo con él. Miro a un lado y a otro buscando a mis chicas. Voy corriendo (si es que lo que hago a estas alturas y con esta pendiente puede llamarse correr). Por fin las veo. Allí están. Trato de poner mi mejor cara. Debí fracasar, porque Belén luego me diría que iba desencajado. Pero me paro a su lado, las beso una a una, miento una vez más a mi mujer cuando a su preocupada pregunta “¿Cómo vas?” respondo que “Bien, muy bien”. Y veo que mis hijas se ponen a mi lado, y les cojo la mano, y corro con ellas diez, veinte metros de la Maratón. Los más hermosos de la carrera, de mi vida de corredor. La emoción me invade, y solo me salva que mi cuerpo exprimido está ya tan reseco que no puede echar lágrimas. Y me digo que valió la pena llegar hasta aquí, para compartir con ellas este momento.

Bordeo el Retiro, tan cerca ya de la meta y a la vez tan lejos. Los metros se hacen eternos, recibo los ánimos de Lander, de Pedro (Jordan), de sus mujeres… “hoy no ha sido el día, pardi”. Pues no. Espero que algún día sea “el” día. Voy caminando, menos de dos kilómetros a meta y no puedo más, sólo deseo acabar. Oigo que alguien me llama por detrás, al leer mi camiseta, y me dice “vamos pardi, venga vamos juntos hasta el final”. No sé quien es, ni él sabe quién soy yo. Pero somos maratonianos. Compañeros de fatigas por un día. Hermanos de sangre y de sudor. Me pego a él, pasamos el 41 (¡Dios, pero si hace una eternidad que pase el 40!), y seguimos bordeando el parque, cuyo perímetro hoy parece adquirir dimensiones gigantescas. Por fin, la entrada. Flanqueado por un apasionado y ruidoso gentío a ambos lados, piso el Retiro. El Paseo de coches se hace eterno. Corro con el corazón, porque las piernas hace tiempo que dejaron de ser mías. Veo el 42, faltan 195 metros. Me acuerdo de mucha gente, de los paquetillos con los que he compartido tantos kilómetros, de mis amigas Elisa e Isabel que son mis incondicionales fans aunque piensan que no estoy bien de la cabeza, me acuerdo de mi padre, de mis hijas, beso mi anillo de boda y le dedico mi enésima locura a Belén, mi mujer, porque por más que yo corra, ella siempre está ahí, junto a mí. Gracias, compañera. Sonrío, tiro besos al público, levanto el brazo, cruzo la meta. He llegado hasta aquí. Y recordaré para siempre este momento.

¿Merece la pena tanto esfuerzo? Anteayer diría que no. Hoy, así así. Y mañana… mañana será otro día; pero pongamos el punto final a la Maratón. De momento.

jueves, 4 de febrero de 2010

Recapitulando

Si vuelvo la vista atrás, esta temporada post-papiloma (y que dure) que comenzó en tierras segovianas en la hermosa y dura Senda de los Frailes, para continuar con la aún más hermosa y dura carrera de la Pedriza, arroja más luces que sombras. Bien es verdad que la cosecha de marcas ha sido más bien paupérrima, tan solo conseguí limar un mísero segundo a mi marca de 10.000, pero sin embargo casi cada carrera que he hecho ha supuesto para mí Récord de la prueba, aunque no absoluto. Así, el 44:12 de los 10k de Rivas ha sido mi mejor marca en Rivas en 6 participaciones. El 43:04 de Aranjuez pulverizó el registro de mi anterior participación, 44:30 el 2007. También en la Sansil, con un tiempo de perros, firme un 43:24 que ha sido mi mejor San Silvestre de las 7 que he corrido. Y finalmente, en la media de Getafe, el “pequeño fracaso” de 1:36:33 aún bate por más de un minuto mi mejor tiempo en el recorrido Getafeño, de 1:37:47. Mi desesperada búsqueda de una MMP me hizo además correr tres diezmiles a tope en el intervalo de 3 semanas, siempre en tiempos de 4:18-4:20 por kilómetro, con lo que considero más que consolidado ser capaz de correr un diez mil en torno a 43 minutos. Muy bien, ¿y esto a dónde me lleva? Pues podría pensar que a ningún sitio, porque mi familia siempre me dice “muy bien cariño/papá/hijo”, haga 43 minutos o 53. Pero creo que donde me ha llevado (hasta que empiecen a asomar por el horizonte empresas mayores), es a la rampa de salida de mi tercer Maratón. Si, después de dos sonados fracasos, de airados “nunca más”, de “a Dios pongo por testigo” y todo ese bla-bla-bla, tras un paréntesis de un año volveré a mirar a los ojos al monstruo. Posiblemente, éste me eche una mirada de hastío, resople con fastidio, y con un displicente coletazo me aplaste como a una cucaracha, pero hasta que ese día llegue, viviré, entrenaré y correré con la ilusión de enfrentarme al bicho, y vencerlo (alguna vez me tocará, digo yo).

De momento, me he hecho con uno de esos planes de Gavela, que pretendo seguir tan a rajatabla como soy capaz de seguir un plan (que no es mucho). Se supone que con cuatro días por semana (que son los que salgo a correr, y no creo que pueda meter ni uno más), podré correr en torno a 3:30. Me da la risa floja solo de pensarlo, y más cuando pienso en mi actual marca, pero de momento ya hemos empezado. El martes, 25’ de calentamiento, 4 arreones de 9’ por el Parque de Bellavista (bella vista, y bellas cuestas), Y 12’ de “enfriamiento” de vuelta a casa. Y hoy, 60’ por la Dehesa de Navalcarbón, por terreno variado, y siguiendo los consejos de Mr. Cabesc incorporando toda clase de “aditivos” al simple correr, como saltar piedras, salir continuamente del camino, trepar montículos de tierra, etc. que han hecho el entrenamiento divertido… y cansado. El caso es que ya estamos en faena. Y tengo una cita el 25 de abril.



lunes, 25 de enero de 2010

Media Maratón de Getafe


Después de mi reciente participación en el Trofeo Páris, con agónica MMP incluída (42:55, superando en ¡un segundo! mi antigua marca), pues uno se emocionó, echó las cuentas de la lechera, y se creyó capaz (bendita ilusión) de correr nada menos que una media maratón a 4:30 / km. La plaza elegida sería la Media Maratón de Getafe, carrera que por recorrido y organización pasa por ser una de las mejores y más rápidas medias madrileñas. Además contaría con la inestimable colaboración de Paco “Malagueta”, pequeño gran corredor en horas bajas por culpa de un pie que le está dando más guerra de la debida, y que se prestó a hacerme de liebre en mi poco meditada intentona de bajar de 1:35. Pegas: después de haber corrido 3 diez miles en 3 semanas (Aranjuez, Sansil y Páris) a tope y buscando marca, no he hecho ni un entreno específico de cara a una media maratón. Y además, por unas cosas o por otras, llevo un 2010 bastante “raro” en lo que a entrenos se refiere: que si me acatarro y me tiro 6 días parado, que si me duele el isquio y corro poquito y suave para no hacerme daño, que si no encuentro el hueco (o las ganas) para hacer series… Y para redondear la receta, esta vez me tomé la típica caguitis previa a una carrera al pie de la letra, y cuando me acosté el sábado por la noche después de una serie de encuentros íntimos con el sr. Roca, tenía dolorosos retortijones abdominales y sudaba como un pollo, con lo que no me dormí hasta cerca de las cuatro de la mañana. Con estos ingredientes en la coctelera, y añadiendo unas gotitas de mi tradicional inconsciencia, ¿a qué ritmo salir? Pues a 4:30, faltaría más, no voy a cambiar mis planes por un quítame allá esas diarreas.

Así que me presento en Getafe sobre las nueve de la mañana del domingo, con una temperatura excelente y el cielo apenas velado por algunas nubes juguetonas: un día ideal para correr. Pronto se va juntando lo más granado de la paquetería del mundo mundial, cada uno con su objetivo y su ilusión. Después de un rato de charla, en el que, cosa rara, nadie sugirió ir a tomar algo ;-), nos vestimos de romanos y a calentar. Durante el calentamiento me preocupa no encontrar a Malagueta, preocupación que se agudiza cuando me coloco en la salida sin haber visto rastro de él. Teniendo en cuenta que su mujer ha salido de cuentas hace 5 días, sé que en cualquier momento una llamada telefónica me puede dejar sin liebre; el caso es que se da la salida, y echo a correr. Solo. Ya nos encontraremos, me digo. De momento me tengo que concentrar en encontrar mi ritmo en estos primeros kilómetros, en los que la aglomeración, los nervios, y la sempiterna mala colocación de los corredores, obligan a zigzaguear un poquillo. A pesar de todo, paso por el 2 en 8:59, casi clavando el ritmo. Camino del 3, Malagueta aparece a mi lado. Estupendo. Pronto se hace cargo de la situación, y empieza a desempeñar de forma impecable su labor de liebre: cantándome el ritmo, “leyendo” el recorrido que conoce a la perfección, dando consejos, animando, cogiendo agua… un auténtico lujo. Los primeros kilómetros van fenomenal. Alguno en bajada, sale casi demasiado rápido, a 4:20. Tenemos tiempo de saludar a Carlos Gebre, que hoy ha abandonado su forzoso dique seco de Ávila para estar con “sus” paquetillos, y a la gran Lola, mujer de Lander, siempre al pie de las carreras con una sonrisa en la boca. Y así, tan contentos, llegamos al km. 10, que paso en 44:53. Vamos de lujo. Me encuentro aparentemente bien, así que comienzo la segunda vuelta al circuito con la moral por las nubes. Cae el 11, el 12, voy manteniendo el ritmo, pero un invitado no deseado, el cansancio, empieza a acampar en mis piernas, y parece que con intención de quedarse. Espero que sea algo momentáneo, me digo. Paco me canta lo que me espera: una subida (leve, pero subida), según él, si la pasamos y llegamos enteros al km. 14, esto está hecho. Pero el cansancio ya ha hecho nido en las piernas, y la cuestecita no hace más que empeorarlo. Mi ritmo ha bajado, lo noto, y el reloj así me lo dice sin ningún miramiento, y lo peor es que noto que las piernas ya no van, han dicho “hasta aquí hemos llegado”, y ahora moverlas hacia delante se convierte en un acto de pura voluntad. Paco se da cuenta, y yo se lo digo: “voy cansado” (forma elegante de decir: estoy jodido), y aquí es cuando agradezco más si cabe su labor de liebre, porque va tirando de mí, avisándome de cada tramo donde puedo recuperar, cantándome cada punto kilométrico con antelación para llevarme un poquito más allá. Gracias a él no tiré la toalla, y traté de mantener el ritmo más alto que era capaz de llevar, sobre 4:40, sufriendo con cada paso, sabiendo que la soñada marca se desangra por momentos y que no podré conseguirla, pero intentando siempre hacerlo lo mejor posible. Llegando al 19, el cansancio es extremo, sólo quiero terminar, apenas alcanzo a decirle a Paco “estoy muerto” pero él me anima, venga que ya estamos, dos kilómetros y además cuesta abajo, venga que ya está. Kilómetro 20, en otras carreras estaría apretando, tengo un buen final y es raro el corredor que consigue pasarme en el último mil, pero hoy me veo superado por racimos de corredores, lo que me desmoraliza aún más si cabe; mis piernas van agotadas, al límite de su resistencia. Se me hace eterno el tramo de calle hasta entrar en el polideportivo, último giro, veo a Gebre y a Lola gritando y haciendo fotos, aún me queda un resto de ánimo para sonreírles (o hacer una mueca que intenta ser sonrisa) y levantar mi puño con rabia, porque esto ya está, ya piso el tartán, la marca se ha ido pero voy a hacer mi segunda mejor media, cojo la mano de Paco y entramos juntos, parando el reloj en 1:36:33.

Paquito Malagueta ejerciendo de liebre. Gracias campeón (Foto cortesía de C. Velayos)




Poco a poco irán llegando el resto de los paquetes, algunos con MMP, otros no, pero todos con esa alegría que caracteriza a este grupo de gentes extraordinarias. Compartiré con ellos unos momentos antes de volver con mis tres devociones, y cuando mi cuerpo se enfríe y solo unas dolorosas agujetas me recuerden que he corrido una media maratón, daré más valor a la marca que he hecho hoy. Que no es más que el punto de partida de un camino que debe acabar, no en una línea de meta, sino en una de salida: la del Gran Trail de Peñalara, el próximo 3 de julio. Ya os contaré...

lunes, 4 de enero de 2010

Memorias de San Silvestre

Ya ha llovido desde mi última entrada (y más en este último mes). Más que las andanzas del corredor de la fruta, mi sempiterna vagancia va camino de hacer que este experimento virtual sea cada día menos experimento, y cada día más virtual. Y no es que no hayan pasado cosas (atléticamente hablando) desde que me deje caer por los campos seguntinos, en el ya lejano mes de octubre; haré un esfuerzo de memoria, y otro de síntesis (cosa nada fácil para un ladrillero de memoria delicuescente como yo).

El 15 de noviembre, corrí los 10 kilómetros que organiza la asociación Grutear en Alcalá de Henares, con la grata compañía de Jesús (Zerolito). Carrera que sólo pasará a la historia (la mía) por haber llegado tarde a la salida, para alegría y regocijo del público congregado en la salida, que nos jaleó y se echó unas buenas risas a nuestra costa. La marca, 46:40 con la sensación de no haber forzado lo más mínimo, y lo mejor la compañía, festejada con churros pre-carrera y cervecitas después.

El 29 de noviembre, los 10 kilómetros de mi pueblo, Rivas. Primer intento serio de acercarme a los 45 minutos. Mañana de perros, con muchísima agua, y una vez más con la impagable compañía de paquetillos y asimilados: Carlos (Darth Vader), mi vecino Nacho (Silvestre), y las “hermanas del viento”, Marina (una de las que vino conmigo en la Pedriza) y Paloma. Empecé la carrera con estas dos últimas (recordad mi pasión hortofrutícola ;-) ), y a la mitad me quedé solo con Marina, que me llevó con la lengua fuera hasta cruzar la línea de meta en unos prometedores 44:12. Primer sub-45 post-papiloma, y con buenas sensaciones (salvo algo de flato al final), así que muy contento. Naturalmente, hubo desayuno y cerveza, accesorios sin los cuales algunos de nosotros no entenderíamos la práctica del atletismo.

El 13 de diciembre, inesperada participación en la Media maratón de Guadalajara. Inesperada, porque hasta que no vi en el foro la invitación a correrla de Jose “el corredor del Cañamares”, y empezó a tomar cuerpo la participación de un número nada despreciable de paquetillos en la misma, no me había planteado hacerla. Acudimos el grupo de Rivas al completo (Nacho/Silvestre, Paloma, Juan/Uros y yo mismo), el gran Lander y familia, Jose/El corredor del Cañamares, Luis/Ibki, y Carlos/Darth de vuelta de su fiasco lisboeta (fiasco por parte de la triste organización de la maratón, no por la suya). Día absolutamente gélido, con un viento helado, y una carrera durísima, como todas las medias que he tenido la oportunidad de hacer este año en la provincia de Guadalajara. Una vez más, con la estupenda compañía de una de las hermanas del viento casi toda la carrera, esta vez le toco aguantarme a Paloma. En meta, 1:44:36, con buenas piernas al final, y… ¿lo adivinas? Si, cervecitas.




Paquetillos congelados en Guadalajara. Paloma, Uros, Silveste, Darth, Lander (y el Tiki), y el corredor de la fruta.



El 20 de diciembre, una de las citas marcadas en rojo en el calendario. El diez mil de Aranjuez, lugar elegido por muchos paquetillos para desafiar los límites de sus marcas personales, y para organizar un buen barullito alrededor de unas paellas (regadas con cerveza, claro esta). Mucho frío otra vez, pero sin viento y con solecito. Pero no fue el día. Me caí antes de empezar resbalándome sobre unas escarchadas y húmedas hojas secas, poniéndome perdido de barro y lastimando sobre todo mi orgullo. Y me coloqué fatal en la salida, teniendo que pasarme los dos primeros kilómetros zigzagueando y con continuos y bruscos acelerones y parones. Así y todo, hice una estupenda marca… pero no lo suficiente. 43:04, a ocho segundos de mi MMP. Lo mejor una vez más la comida, más que por la calidad de los arroces y otras viandas, por la compañía. Y además fue la presentación en sociedad de mi Santa en uno de estos barullitos paquetiles. Espero que se repita muchas veces.


Nutrida paquetería en Aranjuez (aún no me había caído). Zero, una guapa rubia, Canillas, Txamo (y Yoku acechando detrás de él), Uros, Silvestre, Iron-Ibki,Adrián, y abajo los niños, con Lander y yo tan a gustito entre ellos.



Y llegó San Silvestre. Último día del año, última carrera. La San Silvestre supuso mi debut en el mundillo de las carrera populares, hace la friolera de ocho años ya. Si hoy me pongo a recordar esas 8.000 personas en la salida al lado del museo de Ciencias Naturales, ese dorsal de papel (fue el último año antes de las camisetas-dorsal) sujeto con imperdibles sobre mi sudadera de algodón (entonces no tenía ni idea de lo que era una prenda técnica), esos saltos nerviosos antes de empezar sobre mis zapatillas de tenis (aún menos idea tenía de zapas), y ese gozo indescriptible que sentí corriendo por las calles de Madrid vestidas de Navidad, llevado en volandas por los gritos de los vallecanos en las cuestas de su barrio hacia la primera línea de meta de mi vida, me invade una cierta morriña… y supongo que eso explica que, ocho años después, aún espere con enorme y navideña ilusión esta carrera, a pesar de ver el monstruo en que se ha convertido. Supongo que algún año tendré que rendirme a la evidencia, y no correrla, o al menos no intentar correrla, y solo disfrutarla en buena compañía, quizá disfrazado formando parte de la fiesta. Pero este año, con los ocho malditos segundos de Aranjuez martilleando en mi cabeza, tenía la (supongo que absurda) ilusión de desquitarme en mi querida San Silvestre. Posiblemente, la peor carrera imaginable para hacer marca, salvo que tengas la suerte (o la habilidad) de salir bien colocado adelante, porque la verdad es que, cuando quise entrar en mi cajón de salida, estos ya se habían fusionado en una espantosa amalgama de corredores de toda marca y condición, que me condenó a pasar un verdadero infierno en los dos primeros kilómetros, adelantando, frenando, zigzagueando, y maldiciendo a esta femme fatale de las carreras. La climatología tampoco ayudó: frío, lluvia, viento en contra, granizo… todo un despliegue de meteoros adversos cayó sobre nosotros. Pero tampoco este año, como en las otras seis veces que he corrido la San Silvestre, faltó mi Santa a la cita en Pacífico (km. 7). Ese breve instante en que veo su sonrisa y escucho su grito de ánimo es el mejor avituallamiento que nunca recibiré en una carrera. Y qué decir de tantos y tantos sufridos y animosos vallecanos, que llueva, hiele o nieve, se echan a la calle a dejarse las gargantas animando a los corredores en “su” carrera, y compensando con su generoso derroche de entusiasmo todos los sinsabores que haya podido dejarte la prueba, obligándome a hacerles la silenciosa promesa de volver de nuevo el año que viene… y colocarme mejor en la salida. El 43:24 que marcó mi reloj en la meta, al final es lo de menos. Hay muchas carreras en las que hacer marca. Pero San Silvestre vallecana, sólo hay una. Y no concibo otra forma de acabar el año que formando parte de esa colorida marea de esfuerzo, sudor, alegría, ilusión, camaradería, risas, y zapatillas. Están locos, esos corredores.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Por tierras del Cid

Ya quiebran los albores e vinie la mañana;
salía el sol, ¡Dios, que fermoso apuntava!
En Sigüenza, todos se levantavan;
abren las puertas, de fuera salto davan
por ver los corredores e todas sus andanzas.


Aquí estoy, una mañana más, una carrera más. El año pasado me quedé con las ganas de correr esta prueba, así que al ver la convocatoria de la 2ª edición de la Ruta del Románico Rural/Media Maratón de Sigüenza, no pude resistirme. Son poco más de las nueve de la mañana del domingo 25 cuando entro en la ciudad seguntina. Siguiendo a un coche de Protección Civil llego a la zona de salida, donde los voluntarios se afanan diligentemente en prepararlo todo. Nada de arcos inflables ni zarandajas de esas: una pancarta pintada a mano, sujeta con cuerdas, marca la salida y la meta de la carrera, dándole un toque romántico y humilde a esta prueba. Recojo mi dorsal, el 159, y como me sobra mucho tiempo me doy un paseo por la ciudad. Me cruzo con unos pocos madrugadores por las calles, hasta que mis pasos me llevan a un bar (tengo cierta querencia), donde me tomo un café. Mi mirada no puede evitar fijarse en unos apetitosos churros, pero estoy un poco delicado del estómago, así que con todo el dolor de mi corazón me hago el fuerte y me conformo con el café. Al salir, veo que la imponente catedral ya está abierta, de modo que más por curiosidad que por devoción, entro dentro del templo. Desierta. He visitado, si no todas, sí un buen número de catedrales españolas, pero esta es la primera vez que me encuentro solo dentro de una de estas inmensidades pétreas. Mis pasos retumban por las naves, apenas iluminadas por una más que escasa iluminación artificial, y por un sol aún tímido que busca abrirse paso por los altos ventanales de la catedral, dando una apariencia irreal, casi sobrecogedora, al solitario templo. Supongo que los constructores que lo levantaron hace siglos buscaban justo este efecto de empequeñecimiento del simple mortal frente a la grandiosidad de la Iglesia. Yo, que ya sé que soy pequeño, me conformo con levantar mi mirada a las nervaduras de las altas bóvedas, curiosear capillas (entre otras la del afamado Doncel), y poner un par de velitas a una Virgen, costumbre que mi Santa y yo tenemos ya por tradición en toda Catedral que visitamos, y que esta vez, aunque solo, no pude dejar de cumplir. Salgo al aire libre y veo que mis meditaciones metafísicas han consumido buena parte de mi excedente temporal, así que retorno a la zona de salida, en las afueras de la ciudad. Me visto definitivamente de romano, con la camiseta del foro, y me pongo a calentar. En esto estoy cuando me encuentro con dos foreros, landes y culebra17; tienen una pinta de atletas acojonante (sobre todo landes, que esta hecho un toro), así que charlo un poco con ellos y declaro mis paquetiles intenciones de procurar buscar un ritmillo de 5 el kilómetro, sobre 1:45 al final. Por el megáfono nos dicen que nos vayamos colocando para la salida, somos poco más de 100 corredores, así que me coloco en cuarta o quinta fila (que aquí es tanto como decir de la mitad para atrás, vamos, mi sitio). Un bocinazo de la sirena de la ambulancia marca el inicio de la carrera. ¡A correr!




"... allá van las mesnadas, en franca y alegre jornada..."

Mi idea es salir despacio y luego… me viene a la cabeza José “el Corredor del Cañamares”, con el que compartí la media de Jadraque y una hermosa travesía por los montes escurialenses, que no dudaría en completar la frase con “aflojar, Jorge, aflojar”. Ya veremos, me digo yo, según me vaya encontrando, y según se dé la carrera (que siempre acaba por ponernos a cada uno en nuestro sitio), iré ajustando el ritmo. Los primeros kilómetros, para que nos vayamos calentando, son cuesta arriba, pero sin ser una pendiente exagerada. Me los tomo filosóficamente, coronando el primer puerto de la jornada y pasando el kilómetro 3 en 16 minutos, vamos, a 5:20 / km. Ahora viene un tramo de bajada, aquí me voy reteniendo porque la carrera es larga y quiero reservar para lo que venga, voy tomando referencias cada vez que veo los puntos kilométricos (unos artesanales y entrañables cartelitos de madera, con el número pintado, clavados a la vera del camino), y veo que estoy bajando cómodamente a 4:55-5:00. Corremos por una senda de tierra, rodeados de cerros y alcores que ya van vistiendo los colores del otoño, y bajo la distraída mirada de un rebaño de ovejas (merinas ellas), muy afanadas en desayunarse media pradera. Unos cientos de metros delante de mí, veo a un corredor empujando un carrito (luego me enteraría de que se trataba de otro forista, sideuvol), y me viene a la cabeza Cabesc, que a estas horas estará batiéndose el cobre en Beni... en la Maratón de Ciudad Real. Espero que le vaya bien.


Salimos de la terrosa senda, y corremos un rato por una carretera. Veo continuas marcas que indican la "Ruta del Cid", parece ser que el Campeador, acompañado de sus leales, anduvo guerreando por estos campos cuando fue desterrado. Fácil es imaginarle a lomos de Babieca, con Alvar Fáñez a su diestra, y la espada bien ceñida a su cintura, pronta a ser blandida contra la morisma, cabalgando por estas tierras. Emulando a mi manera el trote de los guerreros corceles, sigo a mi cansino ritmo, girando a la derecha hacia la primera pedanía seguntina que vamos a atravesar, Ures. Son apenas 4 casitas, y según el último censo, apenas nueve habitantes los que las pueblan; por eso me emociona ver sobre nuestras cabezas una pancarta, hecha a mano con una sabana, algo de pintura y mucho cariño, que reza "Bienvenidos a Ures. ¡Animo campeones!". Y es que esta carrera no tiene un megapatrocinador, y posiblemente no me den una camiseta ultra-fashion “Niketekagas” o “Adidostraspedrín”, ni un par de números atrasados del Runner’s World. Aquí sólo dan ilusión, esfuerzo, ganas de hacer las cosas bien, y me tratan como a un atleta (si ellos supieran...), no como a un número de cuenta. Vamos, lo que se dice una carrera de pueblo. Ay, cuanto les queda por aprender de la capital…




Sumido en estas reflexiones tras atravesar Ures, el recorrido nos reserva una sorpresita: hay que abandonar la carreterita y girar a la derecha para tomar un camino rural de tierra, con unos cuestones del quince. Aunque voy a medio gas, las piernas protestan airadamente, pero no las hago caso y continuo mi trote diesel cuesta arriba, hasta coronar el segundo puerto en la pedanía de Pozancos, donde un nutrido y animoso público nos acoge entusiasta, empujándonos con sus gritos de aliento y aplausos. Nada más empezar el descenso al pasar Pozancos, veo el kilómetro 10. Unos 52 minutos. Bueno, un poco por encima de lo esperado, pero me siento bien, y corriendo por un hermoso entorno. Un poco por la hermosura, otro poco por la cuesta abajo, el caso es que me voy animando, y acelero el ritmo poco a poco, casi sin darme cuenta, cazando algunos grupos de corredores. Sobre el 13, veo que me voy acercando a sideuvol empujando su carrito. Son mis mejores momentos en la carrera, me encuentro bien, fuerte, cuando llegamos a la tercera dificultad montañosa del día, la subida a la última pedanía que vamos a atravesar, Palazuelos. La entrada es espectacular, atravesando un arco que se abre en la imponente muralla, aquí cojo a sideuvol, que al ver mi camiseta (gran idea, esto de las camisetas) se identifica, charlamos brevemente, pero ahora llevo mejor ritmo, así que le dejo atrás. Dejamos atrás Palazuelos, toca volver a Sigüenza. Tras un breve tramo, toca subir el último puerto de la jornada, más de dos kilómetros cuesta arriba, que a estas alturas, con 16 en las piernas, se me antojan una pared. Además este loco Sol de octubre, que ha estado todo el día jugueteando con las nubes velando su rostro, ahora se deja caer con fuerza, y pronto noto que me estoy cociendo en mi propio jugo. Algunos tramos de subida se me hacen durísimos, mi trote es tan lento que me da la impresión de que iría más deprisa andando, pero el caso es que adelanto a algún corredor, así que no debo ir tan mal como parece. Oigo tras de mí la alegre charla del chaval de Sideuvol, que se lo está pasando tan ricamente en su carrito. Es lo único que se oye, junto con los jadeos y pisadas de los corredores, que apenas perturban la paz de los campos castellanos que nos envuelve. Corono la última cima, ya bastante perjudicado, así que decido encarar los últimos kilómetros con tranquilidad, no voy a batir ninguna marca, y no es plan de romperme algo. Sideuvol me adelanta con su carrito, la bajada me recupera un tanto pero no fuerzo nada, solo voy consumiendo los últimos kilómetros en modo económico. Por fin, Sigüenza a la vista. Últimos metros, me encuentro con landes que ha salido a ver si llego (bonito detalle, gracias ;-) ), trota conmigo algunos metros donde comentamos la dureza del recorrido, y ya estoy en la meta. Ovación cerrada del numeroso público (siempre se agradece), y paro el reloj en 1:47:13, a 5:05/km. Algo por encima de lo esperado, pero bien, he disfrutado de una bonita mañana de carreras, de paisajes de serena belleza, de gentes fantásticas, y me voy para casa con una sonrisa, una camiseta de algodón, y un tarro de miel de la Alcarria. ¿Qué más se puede pedir?




"... en buen hora ceñísteis espada, mío Cid..."

miércoles, 7 de octubre de 2009

Vente conmigo




Vente conmigo a la Pedriza, dejó puesto Jesús en el foro, mitad invitación, mitad desafío. Pues venga, porque no. Desde que el año pasado una cualificada representación de la paquetería rindió al primer asalto y tras largo y duro combate las cimas y Torres de La Pedriza, tenía yo el gusanillo de probarme en tan exigente plaza. No obstante, mis menguados entrenamientos veraniegos, mi poca mesura al comer y beber durante la larga canícula, y el más elemental sentido común aconsejaban dejarlo para mejor ocasión. Pero, ay de mí, el sentido común no ha sido nunca mi fuerte, así tras alguna vacilación me inscribí en lo que habría de ser mi bautismo de fuego en la montaña (porque, como luego comprobé, mi participación en la media solidaria de Somosierra del año pasado, y que yo catalogaba como carrera de montaña, no fue más que un paseo por el campo). Este es el relato de lo vivido, sufrido y soñado entre las peñas de la Pedriza.


Vente conmigo, parece susurrar el sinuoso cuerpo dormido de mi esposa cuando, después de dormir inusualmente bien para ser la víspera de una carrera, suena el despertador. Aún es noche cerrada, y me levanto de la cama con la ilusión de saber que hoy va a ser "uno de esos días". Realizo mis rituales acostumbrados y salgo de casa, no sin antes recoger de mi mujer un beso soñoliento y el acostumbrado “ten cuidado”, dos cosas sin las que no puedo irme a una carrera… ni a ningún sitio. El alba va ganándole la batalla a las sombras durante el viaje, y cuando aparco en Canto Cochino, el sol de la mañana ya ilumina las pétreas alturas de la Pedriza. El paisaje es espectacular, pero al mirar a lo alto un escalofrío me recorre de arriba abajo al pensar en como voy a subir mi corpachón hasta allí. Será el frescor de la mañana. He llegado muy temprano, para variar, así que paseo arriba y abajo, recojo el dorsal, y contemplo a los corredores que van llegando. Son otra especie. Cuerpos enjutos, rostros morenos y afilados, piernas duras como las piedras sobre las que saltaran con caprina agilidad dentro de unas horas. Me siento un poco fuera de lugar, y por primera vez pienso “dónde me he metido”; no será la última. Por eso me alegra ver aparecer a Jesús, alguien más “normal”, si se puede calificar así a un superviviente del MAM, y que ya cuenta en las muescas de su revólver con la marca de haber hecho esta prueba el año pasado, con el mismo recorrido que este, pero en sentido inverso. Nos saludamos y me presenta a Marina, hermana de la Correpoco Paloma, a la que al final una inoportuna contractura ha ¿librado? impedido correr hoy. Les acompaño a recoger sus dorsales, y pronto volvemos al aparcamiento, porque en una pizarra delante del bar, unas simples palabras ejercen una extraña fascinación sobre nosotros: “hay churros y porras”. No necesitamos más para adentrarnos en el local.


Vente conmigo. Apetitoso y juguetón nos llama el montón de porras calentitas, así que a pesar de que queda media hora escasa para que den la salida y los corredores de verdad ya están calentando, nosotros optamos por el calentamiento interno que nos proporcionan unos churritos y porras bañados en café con leche. Con el estómago lleno y el espíritu reconfortado, vamos hacia la zona de salida. Nos encontramos a David, mi profe en el curso de correr por montaña, que manifiesta serias dudas sobre nuestra capacidad de completar la prueba. No conoce a los paquetes. Al pasar el control de dorsales, me doy cuenta de que ya no hay vuelta atrás. Esto va en serio, y noto esos nervios especiales en la boca del estómago que preceden a las grandes ocasiones. Pequeña charla técnica sobre lo que nos vamos a encontrar, y ale, pocos minutos después de las 10 de la mañana, ya estamos en camino. Los primeros metros son una fiesta. Risas, bromas, ánimos… y además cuesta abajo, corremos tranquilamente entre los pinos hasta llegar al punto más bajo de la carrera, Los Barracones (1023 m.), cruzando el aprendiz de río que nunca deja de ser el Manzanares. Aquí, pequeño atasco: hay que pararse. Aprovechamos para volver a bromear con que “esto nos corta el ritmo”, pero en seguida nos plantamos frente a la pared del Yelmo, que se alza ante nosotros dura e imponente. Pronto dejan de oírse las alegres voces de los corredores, solo sus jadeos y respiraciones agitadas se entrecruzan con el sonido de las pisadas de decenas de pies, trepando con esfuerzo y decisión. Sudo a chorros, y siento como el corazón late desbocado mientras ganamos altura metro a metro, en una subida que no parece terminar nunca. Por fin llegamos a la pradera del Yelmo (1570 m.), hemos salvado más de 500 metros de desnivel, pero esto no ha hecho más que empezar. Bebemos un poco de agua, saludamos a unos preciosos caballos, y echamos un vistazo al imponente Yelmo, resto de la coraza de algún gigante. Ahora toca bajar hacia el collado de la Dehesilla, saltando entre rocas que a veces precisan de nuestras cuatro extremidades (y a veces de la quinta extremidad, más conocida como el culete). En la bajada Jesús empieza a mostrarnos ese talento innato que tiene en los descensos (fuerza de la gravedad, lo llama él), y casi sin esfuerzo se separa de Marina y de mí, aunque siempre se para a esperarnos. Pronto la bajada termina, y frente a nosotros una inmensidad de roca marca el camino de subida hacia el Collado de la Ventana.

Subida al Yelmo.

Vente conmigo. Si las piedras hablaran esto es lo que dirían, la pétrea y descarnada belleza del paisaje atrae nuestras miradas como las sirenas a los marinos, aprovechamos los momentos en los que un paso difícil nos obliga a detenernos para mirar a nuestro alrededor, respirar este aire de cristal y sentir bajo nuestras manos como las piedras palpitan al ritmo de nuestro corazón. Ahora trepando, ahora agarrándonos a un árbol, luego arrastrándonos bajo una roca, después cogiendo una mano tendida para salvar un obstáculo, y al momento siguiente tendiéndola tú mismo al corredor que te sigue, hermanados todos en nuestra pequeñez frente a la inmensidad de la montaña. El esfuerzo es agónico, se hace eterno, pero al fin llegamos al Collado de la Ventana (1784 m.), primer avituallamiento sólido: higos, pasas, barritas de chocolate, agua, isotónico... y la eterna sonrisa de los voluntarios, siempre dispuestos a ayudar, a rellenarte el vaso, a darte una palabra de ánimo... nunca se les dice GRACIAS lo suficiente. Pero hay que seguir, siempre hacia arriba, siempre adelante, las Torres nos esperan.

Vente conmigo, es el susurro lánguido y sensual de algo imposible en esas alturas, un picardías de leve encaje rojo que dos pícaras y guasonas voluntarias, guardianas de la cueva que da acceso a la subida a las Torres, han colocado frente a ella para que los corredores, por un momento, dejemos a la imaginación subir otros montes y acariciar otras cimas, y pintar una sonrisa en nuestros ya cansados rostros. Pasamos la cueva, se inicia un subibaja por los riscos que acaba por llevarnos, por un paisaje de dolorosa hermosura, al techo de la carrera: Las Torres de La Pedriza (1990 m.) A partir de este momento, se inicia una larguísima bajada, atravesando roquedos, serpenteando por intrincados bosques, pero lejos de ser un descanso, el descenso es un castigo para nuestras machacadas piernas. Nos cruzamos con excursionistas que nos aplauden y animan, algunos con esa sonrisa que se dirige a los niños cuando les ves hacer travesuras. La fuerza de la gravedad hace que Jesús se vaya separando de nosotros, y pronto le perdemos de vista. Ya no volveré a verle hasta la meta. Aguanto el ritmo de Marina, su menudo cuerpo salta con agilidad entre las peñas, aguanto a duras penas con ella hasta Los Llanos (1.420 m.), último avituallamiento de la carrera, a 5 km. (¡todavía!) de la meta.



Jesús abre camino, Marina le escolta y Jorge (detrás del de verde) les sigue.

Vente conmigo. Con un gesto, Marina me indica que se va a poner en marcha y que me vaya con ella, pero le digo que no, tengo mucha sed y quiero beber un poco más, y reposar un par de minutos. Así que se marcha. Como un poco, bebo, y por fin arranco a correr a través del bosque. Sólo. Ni delante ni detrás veo corredores. Que sensación tan maravillosa, estar ahí, solo mis zapatillas entre el bosque y yo. Nada más. Sólo las marcas anudadas en las ramas de los árboles me indican el camino, que sigo sin dificultad. Llevo buen ritmo, el breve descanso y el agua me han sentado bien, y por fin alcanzo algunos corredores. Les sobrepaso, haciendo quizá un alarde de fuerzas excesivo, que pagaré más tarde, pero voy buscando acercarme a Marina y eso me hace forzar un poquito. Pero la bajada termina, y con la misma brusquedad que ha terminado, se inicia la subida al Collado Cabrón (nombre gráfico y descriptivo). A estas alturas, resulta una auténtica pared. A duras penas, sintiendo temblar mis piernas a cada paso, asciendo metro a metro el collado. Veo apenas cien metros delante de mí a Marina, pero podrían ser cien kilómetros. Me es imposible recortar la distancia, y por si fuera poco la sed empieza a atormentarme. Me concentro tan solo en dar el siguiente paso, y luego otro más. A pesar de todo adelanto a algún corredor, aún más maduro que yo. Y por fin, la cima del Cabrón, o la cabrona de la cima (1303 m.). El voluntario que está alli nos canta el kilómetro 18. Mentira piadosa y bienintencionada, pero que me hará calcular mal lo que falta, pienso que es poco más de kilómetro y medio cuando es casi el doble, lo que me llevará a agotar mis menguadísimas fuerzas en la bajada del Collado antes de tiempo, en pos de una meta que no parece llegar nunca. Las piernas apenas me sostienen, doy un par de tropezones que están a punto de dar con mis huesos en el suelo, la sed me enloquece, y no veo más que cintas de colores, una tras otra, en una senda sin fin a través del bosque. Estoy física y sicológicamente machacado. La más mínima subida me hace pararme y echar a andar, no soy capaz de seguir corriendo. A mi derecha, las aguas cantarinas del Manzanares me llaman, pienso hasta en bajar al río y beber, pero me obligo a seguir adelante, solo quiero terminar, terminar de una vez. Oigo tras de mí los pasos de un corredor, me vuelvo y veo que es una chica (dorsal 87, Eufemia Aparicio) que avanza a buen ritmo, cuando me adelanta le digo con lengua de trapo unas palabras de ánimo "vamos chica, que vas muy bien".

Eufemia calentando, mientras "otros" comían churros.

"Vente conmigo" me responde. Y me voy con ella, como un náufrago se agarraría a una tabla en mitad del mar. Me siento a punto de desplomarme, pero obligo a los doloridos pingajos que tengo por piernas a correr tras ella, a duras penas soportando su ritmo. Cruzamos el puente sobre el río, atravesamos el parking, ya estamos sobre la carretera, el arco de meta frente a nosotros, por fin, por fin, se acabó, 3:59, qué más da, ni paro el reloj, apenas alcanzo a estrechar la mano de Eufemia y farfullar un "gracias" que me sale de lo más hondo del corazón, en seguida veo a Jesús (que ha terminado en un estupendo 3:53:58), le saludo pero solo quiero beber, me indica dónde puedo recoger la bolsa, y por fin puedo llevarme agua a mis resecos labios. Gracias a Dios. Pronto veo a Marina (magnífica, 3:54:50), y a mi "profe" David, un tanto incrédulo al verme en la meta, pero orgulloso al mismo tiempo, me felicita sinceramente por lo que he conseguido. Yo no seré consciente de ello hasta un buen rato después, frente a unas bien ganadas cervezas compartidas con Jesús y Marina, y sobre todo cuando, a la hora de irme a casa, suba al coche y eche una última ojeada a esa fortaleza de granito que es La pedriza. Algo de mí se ha quedado entre esas rocas. Algo que tira de mí con fuerza inaudita, y que quizá haga que el año que viene te mire a los ojos, a tí que me lees, y te diga:


Vente conmigo.