salía el sol, ¡Dios, que fermoso apuntava!
En Sigüenza, todos se levantavan;
abren las puertas, de fuera salto davan
por ver los corredores e todas sus andanzas.
Aquí estoy, una mañana más, una carrera más. El año pasado me quedé con las ganas de correr esta prueba, así que al ver la convocatoria de la 2ª edición de la Ruta del Románico Rural/Media Maratón de Sigüenza, no pude resistirme. Son poco más de las nueve de la mañana del domingo 25 cuando entro en la ciudad seguntina. Siguiendo a un coche de Protección Civil llego a la zona de salida, donde los voluntarios se afanan diligentemente en prepararlo todo. Nada de arcos inflables ni zarandajas de esas: una pancarta pintada a mano, sujeta con cuerdas, marca la salida y la meta de la carrera, dándole un toque romántico y humilde a esta prueba. Recojo mi dorsal, el 159, y como me sobra mucho tiempo me doy un paseo por la ciudad. Me cruzo con unos pocos madrugadores por las calles, hasta que mis pasos me llevan a un bar (tengo cierta querencia), donde me tomo un café. Mi mirada no puede evitar fijarse en unos apetitosos churros, pero estoy un poco delicado del estómago, así que con todo el dolor de mi corazón me hago el fuerte y me conformo con el café. Al salir, veo que la imponente catedral ya está abierta, de modo que más por curiosidad que por devoción, entro dentro del templo. Desierta. He visitado, si no todas, sí un buen número de catedrales españolas, pero esta es la primera vez que me encuentro solo dentro de una de estas inmensidades pétreas. Mis pasos retumban por las naves, apenas iluminadas por una más que escasa iluminación artificial, y por un sol aún tímido que busca abrirse paso por los altos ventanales de la catedral, dando una apariencia irreal, casi sobrecogedora, al solitario templo. Supongo que los constructores que lo levantaron hace siglos buscaban justo este efecto de empequeñecimiento del simple mortal frente a la grandiosidad de la Iglesia. Yo, que ya sé que soy pequeño, me conformo con levantar mi mirada a las nervaduras de las altas bóvedas, curiosear capillas (entre otras la del afamado Doncel), y poner un par de velitas a una Virgen, costumbre que mi Santa y yo tenemos ya por tradición en toda Catedral que visitamos, y que esta vez, aunque solo, no pude dejar de cumplir. Salgo al aire libre y veo que mis meditaciones metafísicas han consumido buena parte de mi excedente temporal, así que retorno a la zona de salida, en las afueras de la ciudad. Me visto definitivamente de romano, con la camiseta del foro, y me pongo a calentar. En esto estoy cuando me encuentro con dos foreros, landes y culebra17; tienen una pinta de atletas acojonante (sobre todo landes, que esta hecho un toro), así que charlo un poco con ellos y declaro mis paquetiles intenciones de procurar buscar un ritmillo de 5 el kilómetro, sobre 1:45 al final. Por el megáfono nos dicen que nos vayamos colocando para la salida, somos poco más de 100 corredores, así que me coloco en cuarta o quinta fila (que aquí es tanto como decir de la mitad para atrás, vamos, mi sitio). Un bocinazo de la sirena de la ambulancia marca el inicio de la carrera. ¡A correr!
"... allá van las mesnadas, en franca y alegre jornada..."
Salimos de la terrosa senda, y corremos un rato por una carretera. Veo continuas marcas que indican la "Ruta del Cid", parece ser que el Campeador, acompañado de sus leales, anduvo guerreando por estos campos cuando fue desterrado. Fácil es imaginarle a lomos de Babieca, con Alvar Fáñez a su diestra, y la espada bien ceñida a su cintura, pronta a ser blandida contra la morisma, cabalgando por estas tierras. Emulando a mi manera el trote de los guerreros corceles, sigo a mi cansino ritmo, girando a la derecha hacia la primera pedanía seguntina que vamos a atravesar, Ures. Son apenas 4 casitas, y según el último censo, apenas nueve habitantes los que las pueblan; por eso me emociona ver sobre nuestras cabezas una pancarta, hecha a mano con una sabana, algo de pintura y mucho cariño, que reza "Bienvenidos a Ures. ¡Animo campeones!". Y es que esta carrera no tiene un megapatrocinador, y posiblemente no me den una camiseta ultra-fashion “Niketekagas” o “Adidostraspedrín”, ni un par de números atrasados del Runner’s World. Aquí sólo dan ilusión, esfuerzo, ganas de hacer las cosas bien, y me tratan como a un atleta (si ellos supieran...), no como a un número de cuenta. Vamos, lo que se dice una carrera de pueblo. Ay, cuanto les queda por aprender de la capital…
Sumido en estas reflexiones tras atravesar Ures, el recorrido nos reserva una sorpresita: hay que abandonar la carreterita y girar a la derecha para tomar un camino rural de tierra, con unos cuestones del quince. Aunque voy a medio gas, las piernas protestan airadamente, pero no las hago caso y continuo mi trote diesel cuesta arriba, hasta coronar el segundo puerto en la pedanía de Pozancos, donde un nutrido y animoso público nos acoge entusiasta, empujándonos con sus gritos de aliento y aplausos. Nada más empezar el descenso al pasar Pozancos, veo el kilómetro 10. Unos 52 minutos. Bueno, un poco por encima de lo esperado, pero me siento bien, y corriendo por un hermoso entorno. Un poco por la hermosura, otro poco por la cuesta abajo, el caso es que me voy animando, y acelero el ritmo poco a poco, casi sin darme cuenta, cazando algunos grupos de corredores. Sobre el 13, veo que me voy acercando a sideuvol empujando su carrito. Son mis mejores momentos en la carrera, me encuentro bien, fuerte, cuando llegamos a la tercera dificultad montañosa del día, la subida a la última pedanía que vamos a atravesar, Palazuelos. La entrada es espectacular, atravesando un arco que se abre en la imponente muralla, aquí cojo a sideuvol, que al ver mi camiseta (gran idea, esto de las camisetas) se identifica, charlamos brevemente, pero ahora llevo mejor ritmo, así que le dejo atrás. Dejamos atrás Palazuelos, toca volver a Sigüenza. Tras un breve tramo, toca subir el último puerto de la jornada, más de dos kilómetros cuesta arriba, que a estas alturas, con 16 en las piernas, se me antojan una pared. Además este loco Sol de octubre, que ha estado todo el día jugueteando con las nubes velando su rostro, ahora se deja caer con fuerza, y pronto noto que me estoy cociendo en mi propio jugo. Algunos tramos de subida se me hacen durísimos, mi trote es tan lento que me da la impresión de que iría más deprisa andando, pero el caso es que adelanto a algún corredor, así que no debo ir tan mal como parece. Oigo tras de mí la alegre charla del chaval de Sideuvol, que se lo está pasando tan ricamente en su carrito. Es lo único que se oye, junto con los jadeos y pisadas de los corredores, que apenas perturban la paz de los campos castellanos que nos envuelve. Corono la última cima, ya bastante perjudicado, así que decido encarar los últimos kilómetros con tranquilidad, no voy a batir ninguna marca, y no es plan de romperme algo. Sideuvol me adelanta con su carrito, la bajada me recupera un tanto pero no fuerzo nada, solo voy consumiendo los últimos kilómetros en modo económico. Por fin, Sigüenza a la vista. Últimos metros, me encuentro con landes que ha salido a ver si llego (bonito detalle, gracias ;-) ), trota conmigo algunos metros donde comentamos la dureza del recorrido, y ya estoy en la meta. Ovación cerrada del numeroso público (siempre se agradece), y paro el reloj en 1:47:13, a 5:05/km. Algo por encima de lo esperado, pero bien, he disfrutado de una bonita mañana de carreras, de paisajes de serena belleza, de gentes fantásticas, y me voy para casa con una sonrisa, una camiseta de algodón, y un tarro de miel de la Alcarria. ¿Qué más se puede pedir?

"... en buen hora ceñísteis espada, mío Cid..."